Por error le di al botón equivocado, y no no pude acabar la entrada anterior. Así que, ¡voy a ello!
Me había quedado reconociendo que yo no soy mejor que la suegra de mi hermana; así que mis pensamientos marcharon por otros derroteros.
Pensé que quizá aquella mujer había tenido una difícil infancia. La guerra, la postguerra, las dificultades para sacar adelante cuatro hijos, ..., tantas cosas que le habían podido marcar para siempre, que así, ¿quién podría culparla de sus actos? ¡Sólo Dios, que sabe la Verdad!. Y pienso, que Él no la ha culpado nunca, porque es una hija querida Suya, y sólo ha sabido escusarla constantemente.
Por otra parte, Él, en Su infinita bondad, creo que la ha hecho pequeñita, para que la puerta estrecha del Cielo pueda dejarla entrar sin problemas.
Porque el final de sus días, sin poder dominar esfínteres, sin poder comer más que purés, sin conocer ni a su propio hijo al que adoraba (a su modo), las dificultades en la respiración, ... Tantas cosas que le han ido llevando, poco a poco, a depender totalmente de aquellos a los que hizo daño; y creo que no solo por ella misma, sino por los que sufrieron sus desdenes y otras situaciones desagradables, para que el amor que les costó darle, se transformara en servicio paciente y comprensivo ante una pobre mujer que ya no se valía sola.
Supongo que Dios nos pone a cada uno en nuestro sitio; también a mi me llegará la hora de saldar as deudas, de algún modo, que confío será el mejor que Dios piense para mi. ¡No me cabe la menor duda!
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